¡Cómo se nos resiste el patriarcado!

Reflexión crítica sobre barreras e impedimentos para la participación política y el acceso a posiciones de poder por parte de las mujeres.

Por: Maylo Sánchez Ortiz* .

            Puede que la primera exclamación sobre esta reflexión sea: ¡cómo se nos resiste el patriarcado!, y es que eso mismo debieron pensar hace ya alrededor de un siglo las sufragistas, valientes luchadoras en demanda del derecho al voto, un derecho fundamental que les había sido negado y que impedía la participación en los procesos de toma de decisiones a la mitad de la población, es decir, a las mujeres.

Sin embargo, salieron victoriosas de la larga contienda y gracias a ellas el derecho al voto fue una gran conquista. Triunfaron actitudes combativas y desafiantes como la de Emmeline Pankhurst, quien en Inglaterra dijo: ¨Nos traen sin cuidado vuestras leyes, caballeros, nosotras situamos la libertad y la dignidad de las mujeres por encima de vuestras consideraciones…¨o el brillante  discurso de legitimidad de Clara Campoamor en España, contra el de oportunidad de Victoria Kent.

Desde entonces la exclusión de las mujeres de la esfera política ha sido implícita, puesto que no hay que olvidar que el contrato social, también contrato sexual, sobre el que se apoya el patriarcado desde sus orígenes, es un pacto entre caballeros que excluye a las mujeres del ámbito de lo público, relegándolas a la esfera privada, al cuidado y al sometimiento al varón y a la sociedad, confinándolas a la invisibilidad y a la desvalorización de su trabajo, de sus capacidades y hasta de su existencia, que gira siempre en función de ¨ los otros ¨.

Los principios de la Ilustración en cuanto a libertad e igualdad han sido siempre conculcados a las mujeres. La igualdad se construyó sobre la homologación de las identidades, se nos negó el derecho a la diferencia, y  la libertad como la posibilidad de elegir, tanto positiva como negativamente, también. En cuanto al tercer principio, la fraternidad, simplemente no puede existir de manera igualitaria y libre si se nos concede en función de la división sexual del trabajo, en la que somos apartadas a la esfera del cuidado del hogar, los familiares, etc.

Por ello, la labor ahora no sólo es la de conseguir que se nos ‘acepte’ en ciertos espacios, sino más bien la de deconstruir las reglas que originan la desigualdad y redefinir un nuevo contrato social que nos conduzca a una ciudadanía plena, participativa y emancipatoria.  Si libertad e igualdad son los sustantivos de la democracia,  su verbo debe ser estar representadas; si no lo estamos, si no nos sentimos representadas, entonces seguimos excluidas de los procesos democráticos, del poder, de lo colectivo.

¡Cómo sigue resistiendo el patriarcado!

Las mujeres hemos sido educadas para el no-poder; recordemos la cita de Alain Touraine, ¨El orden social es producido, creado […] la sociedad es una creación de la voluntad política¨, por lo que la dificultad para poder, querer y saber participar en política, es mucho mayor para las mujeres.

Mary Wollstonecraft explicó muy bien cómo la diferente educación que se da a las niñas las conduce a asumir valores de sometimiento, decretándose luego que esta dependencia es natural. Debemos entender pues, que la coeducación es la piedra angular para la transformación.

Asimismo, sabiendo  que el poder lo detentan los grupos, los ¨lobbies¨ políticos y financieros, de los que las mujeres  están excluidas como colectivo, se hace necesario que nuestra intervención en política sea también como colectivo, a través de democracias paritarias.  El objetivo de la paridad como dice Celia Amorós ¨es irracionalizar el monopolio masculino del poder¨. Se trata de garantizar la presencia de las mujeres, como instrumento de cambio, pues sólo estando podemos intervenir. La paridad es una igualdad formal, pero absolutamente necesaria, una acción positiva que supone una modulación feminista de la justicia, porque, en palabras de Amelia Valcárcel, ¨sólo cuando el ejercicio del poder es paritario y lleva un tiempo, entonces, es normalmente asumido; es decir, cuando deja de ser relevante quién hace qué¨.

 ¡Vamos estrechando el cerco al patriarcado!

Además de todo lo expuesto: falta de igualdad, libertad, la educación diferencial, etc., existen otras barreras, como explica Antonio Gutiérrez-Rubí en su libro: Políticas, en donde expone como la cultura organizativa de los partidos políticos que se rigen por estereotipos sexistas, funciona de manera análoga al mundo laboral.

En los partidos políticos existe segregación tanto horizontal como vertical, las mujeres ocupan determinadas áreas, relacionadas con los cuidados, y se sitúan en las posiciones de menos poder. Se selecciona a los candidatos en función de la disponibilidad y esto juega en desventaja para las mujeres, que a veces nos autoexcluimos por responsabilidades familiares, lo que ligado a los frecuentes cambios y renovaciones, conlleva que las mujeres sean apartadas o sustituidas, siendo su relación con el poder bastante más efímera que la de los varones. ¨Los hombres están en política, las mujeres pasamos por ella¨.

 sin-mujeres-no-es-democracia-620x414Además, las mujeres somos cuestionadas, descalificadas y desautorizadas en el ejercicio de la política desde la misoginia más retrógrada en donde se nos tacha de débiles o histéricas. Adecuarnos al patrón masculino entraña muchas dificultades para nosotras y además como dice Antonio Gutiérrez-Rubí: ¨La política secuestrada y monopolizada por un exceso de testosterona no puede responder ya a las nuevas demandas democráticas¨, mientras nos revela su esperanzadora teoría del poder diferenciado, por el cual la sociedad demanda nuevas formas de hacer políticas más acordes con roles asignados e identificados con las mujeres: mayor preocupación por temas sociales, mejor capacidad para la comunicación y unas relaciones menos jerárquicas.

¡Seguimos arrinconando al patriarcado!

Hoy vemos como el movimiento asociativo de mujeres en España se caracteriza por la pluralidad, pero también por la fragmentación y la dependencia, dificultando la capacidad de interlocución con las administraciones, la exigibilidad de los derechos humanos de 3ª generación, etc. Necesitamos, por lo tanto,  como dice Begoña San José en Reflexiones  sobre  la  función  social  de  las  asociaciones  de mujeres “que también las asociaciones de mujeres sean reconocidas políticamente […]es posible alcanzar consensos y pactos políticos entre mujeres que permitan un estadio superior de fuerza, de empoderamiento de las mujeres… añadir, no restar o dividir”.

women of the world unite

Por todo lo expuesto y en aras a que el  discurso vindicativo y emancipatorio de las mujeres no siga siendo irracionalizado, en aras a la consecución de una igualdad real, tanto en lo cuantitativo como en lo cualitativo; debemos aunar todos los esfuerzos para acabar con el monopolio y el dominio masculino. Seguimos necesitando de ¨…la revolución sin R, […] comparable con el impulso silencioso e irresistible de la marea que sube […] la revolución pacífica que poco a poco modifica la condición política de la mujer en la sociedad ¨ como decía Millicent Garrett y se hace, absolutamente necesario, en palabras de Laura Nuño: ¨ Empoderar el liderazgo desde la sororidad, generar un marco de mínimos común y un discurso unitario… ya que paradójicamente el refuerzo de la individuación requiere de un ¨nosotras¨, de un movimiento de movimientos ¨.

Sólo desde ese ¨nosotras¨, desde las anteriores, las presentes y las venideras, podremos hacer, que la lucha de las mujeres no tenga vuelta atrás, que no haya retrocesos, y conseguir:

¡Que por fin el patriarcado sólo exista en los libros de historia!

 

* Maylo Sánchez Ortiz es una compañera activista feminista y sindicalista de Granada a quien agradecemos enormemente su labor diaria y su colaboración en este blog.

 

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