La calle es mía

“¡Rubia! ¡Cordera! ¡Qué ojete!”; “Tienes unos ojos como sartenes, cuando te veo se me fríen los huevos”; “¡Cenicienta!”; “¡Morena, guapa!”; “Aunque sea enfádate, ¡pero dime algo!”; “¡Cerda, que sé que vas sin bragas!”; “Cuánto conejo y ni una escopeta”, “¡Chica, chica! ¡Te estoy siguiendo!”…

Éstas son algunas de las frases que mis amigas y yo hemos escuchado estando en la calle. No nos ha hecho falta pensar mucho, no me ha hecho falta tirar de agenda y llamar a todas, me ha bastado preguntar a menos de una docena para obtener esta pequeña muestra de comentarios sórdidos y desagradables. Por si fuera poco, algunas de nosotras ya recuerdan haber oído cosas de este tipo teniendo sólo doce años, y si se paran a pensar, enseguida aparece la imagen de haberlas escuchado por hombres al volante o tenderos de su barrio, y al haber crecido un poco, llegaron los compañeros de trabajo, amigos borrachos o tíos que viajaban en su mismo tren. Hay quienes comparten incluso escenas de exhibicionismo bochornoso, protagonizado por hombres que les enseñan sus penes mientras ellas pasan haciendo footing o por la ventanilla de su coche cuando parece que van a pedirles indicaciones para encontrar una calle. Chicos que se te acercan con un billete en la mano y te miran de arriba abajo simulando que eres una prostituta, simpáticos señores bien entrados en edad que te lanzan besos, grupos que te abordan cuando te has alejado y buscas algo de intimidad para hablar por teléfono o tíos que deciden seguirte de madrugada mientras vuelves a casa.

Creo que si habláramos con una mujer cualquiera, sin importar si es alta o baja, más o menos atractiva, adolescente o adulta, habría muchas posibilidades de que nos dijera que alguna vez se ha sentido acosada en la calle. Tú que estás leyendo esto también sabes a lo que me refiero. A todas nos ha pasado alguna vez.

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American Girl in Italy (Ruth Orkin, 1951)

Las miradas, los comentarios, la manera que algunos hombres tienen de invadir nuestro espacio, de acercarse hasta suponer una amenaza o de llegar a serlo realmente. Todas hemos vivido situaciones de este tipo cuando caminamos, cuando entramos en un establecimiento, mientras estamos trabajando, esperando al autobús o cualquier otra cosa que estemos haciendo. No importa la ropa que llevemos (¡no, no importa!), la hora del día, si vamos solas o acompañadas, pero sobre todo, lo que menos parece importar es si nos apetece o no que nos miren, que nos hablen o que opinen sobre nuestros cuerpos y lo que querrían hacer con ellos.

Esto demuestra que el acoso no entiende de lugares, de edades o de situaciones. El acoso y el miedo a sufrirlo nos niega nuestro derecho a estar en la calle y en otros espacios, construye lugares oscuros y en los que no nos sentimos seguras, donde cuidamos todos y cada uno de nuestros movimientos y vamos desarrollando estrategias que nos aligeren este peso y nos permitan sobreponernos a la sensación de peligro.

Cambiamos de acera, de recorrido, cogemos el móvil para distraernos, nos ocultamos bajo las gafas de sol, miramos para otro lado, subimos el volumen de la música, fingimos que no oímos ni vemos, le pedimos a alguien que nos acompañe, le rogamos a quien sea que nos avise de que llega sana y salva, vamos a paso ligero o sacamos las llaves de casa metros antes de llegar para pasar el menor tiempo posible paradas frente a nuestro portal.

Te suena, ¿verdad? Estas situaciones son una respuesta que muchas desarrollamos de manera semiautomática y que como una lluvia fina, ha calado en nosotras y en cómo sentimos el espacio y nuestras calles.

Es un problema muy serio al que nos enfrentamos en muchos momentos de nuestra vida y que desgraciadamente está completamente normalizado. Entre otras cosas, implica que nuestros cuerpos dejan de pertenecernos y pasan a ser objeto de miradas, comentarios y deseos que se nos imponen a la fuerza. Parte de la gravedad del acoso reside en su carácter recurrente y en que forma parte de la vida cotidiana de muchas mujeres. Ello hace que los límites entre piropos y violencia a veces se nos antojen un poco difusos. Es decir, muchas mujeres hemos sufrido el acoso callejero sin saberlo o sin identificarlo como tal, y al haber estado tan expuestas al mismo y durante tanto tiempo, nos cuesta verlo como un acto de violencia y sin sentir que estamos sacando las cosas de contexto. Por si fuera poco, a muchas personas les resultamos exageradas y de lo más peliculeras. ¿No te ha pasado nunca que además alguien te insinúa que ciertas miradas o comentarios te gustan? Pues si es así, es importante que tengas claro que esas personas, lo sepan o no, son cómplices de una forma de violencia machista. No importa quién seas, cómo te muevas, dónde estés o cómo te hayas vestido. Ningún hombre tiene derecho a opinar sobre ninguna de estas cosas ni a incomodarte o amenazarte. Si hay personas en tu entorno que no empatizan contigo cuando se lo explicas, está claro que ellas también tienen un verdadero problema.

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Aunque como decía, en algunos casos no esté muy claro si estamos sufriendo violencia o si simplemente nos están piropeando, creo que para salir de dudas podríamos preguntarnos si nos sentimos mal cuando eso nos sucede y por qué a veces actuamos de forma preventiva y tratando de evitar situaciones en las que podría pasarnos. ¿De verdad creéis que queda alguna duda?

Pues ese es el primer paso. Ir saliendo de las dudas y tomar conciencia de que el acoso y quienes lo ejercen sostienen otras formas de violencia que agrandan los resquicios en la tolerancia que nuestra sociedad brinda a la violencia machista. Muchas de nosotras lo sabíamos y hemos respondido, a veces desde esta conciencia, a veces simplemente porque nos daba la gana y nos sentíamos ofendidas. La reacción de nuestros agresores no se ha hecho esperar. “¡Puta!”, “¡cerda!”, “¡creída, que no te lo decía a ti!”, “¡estás loca, tía!”. Otras veces, en cambio, la sorpresa, la vergüenza y el miedo nos han dejado atenazadas y hemos preferido hacer que aquello no iba con nosotras. Sin embargo, a veces también sucede que nuestra respuesta hace que esa vergüenza salpique a quienes empiezan el ataque y ¡oh! ¡los sorprendidos son ellos! Como muy bien comenta uno de los entrevistados en del documental Sólo te he dicho guapa, un agresor machista no suele estar preparado para que las mujeres le respondan. Con esto no quiero decir que haya una única manera de comportarse frente al acoso, o que todas tengamos que utilizar las mismas armas, pero creo que no es mala idea empezar a pensar en cómo podemos defendernos. Esta batalla pasa por concienciarnos, hablar del problema, crear redes de apoyo y compartir recursos o estrategias que nos hacen sentir mejor cuando nos toca afrontarlo, y con ello me refiero a formas de respuesta, y no sólo a métodos para evitarlo o protegernos. No somos pasivas, no estamos solas y tenemos la capacidad de responder. Ya está bien de que nos hagan creer lo contrario.

POR: PAULA PÉREZ SANZ

Gracias a las amigas que han prestado voces y recuerdos para ayudarme a escribir este post. Gracias porque peleáis siempre desde vuestras trincheras.

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