“Gracias a dios que soy fea”

anuncio_sexista_del_metro_1

Ya se acerca el verano y con ello muchos de los miedos, inseguridades y normas que afectan a las mujeres y a sus cuerpos se ven activadas de forma muy evidente. La belleza es una idea que ha estado adherida al cuerpo de las mujeres desde siempre, el arte ha pintado mujeres bellas, la literatura ha elevado la belleza de las mujeres a dimensiones sagradas, la historia ha relatado los atributos físicos de incontables mujeres que, sin esa característica, tal vez hubiesen quedado en el olvido para siempre. Parece ser que para las mujeres feas no existe la trascendencia, al menos no la que se puede alcanzar a través de la obra de los hombres. La inmensa mayoría de mujeres que se nos presentan a diario como referencia de lo deseable, y es más, de lo que es simplemente una mujer, son mujeres bellas, y en consecuencia, los demás y nosotras mismas nos exigimos un mínimo de belleza para sentirnos bien, para tener confianza, para querernos. Es algo de lo que nos preocupamos, en lo que invertimos dinero y tiempo y que nos genera ansiedad, porque si por esas malas jugadas de la genética no somos naturalmente bonitas, debemos intentar acercarnos lo más posible a ese modelo cambiante y escurridizo de belleza y alcanzar nuestro máximo potencial estético. A veces pienso en que si invirtiera todo el tiempo y el dinero que dedico -y yo invierto bastante poco-  en alcanzar mi máximo potencial en otros aspectos en los que no soy naturalmente dotada, por ejemplo en tocar la guitarra, después de 20 años de dedicar al menos una hora diaria, seguramente sería una guitarrista bastante decente y probablemente me daría muchas más satisfacciones que el intentar camuflar algún defecto con maquillaje o que el pantalón me disimule los kilos de sobrepeso.

naamloos

Pero, ¿qué pasa si eres fea, o ni tan siquiera fea,    sino simplemente si no eres bonita? ¿Y si además no te importa? O sea, no haces ningún esfuerzo por parecer bonita. Parece ser que algo pasa, porque durante mi vida las veces que no me he preocupado de estar “presentable”, he tenido que justificarme o aceptar comentarios de reproche, bromas malintencionadas o comentarios tan “sutiles” como: “qué mala cara, ¿te sientes bien?,  “parece que hambre no has pasado”, etc.

Antiguamente, cuando las mujeres estaban prácticamente obligadas a ser los ángeles del hogar, una de sus funciones, especialmente entre aquellas más acomodadas, era la de preocuparse de su aspecto, porque una mujer bella era y es aun un símbolo de estatus para el hombre que la posee, así también una mujer con un aspecto cuidado era vista como una mujer limpia y digna, en oposición a las mujeres sucias, normalmente identificadas como prostitutas, indias, pobres u obreras. Por lo tanto, una apariencia meticulosamente cuidada era una forma de diferenciarse de las mujeres de mal vivir o perteneciente a clases marginales. Pero a pesar de que el tiempo pasa y que el modelo de mujer ya no es el de la ama de casa en muchos lugares, la exigencia de tener un aspecto cuidado y ser o parecer bella, sigue siendo tan real y abrumadora como siempre. El modelo de la mujer profesional, activa, independiente, exitosa también incluye el ítem de la belleza, y dada la cantidad de opciones que el mercado ofrece para conseguirla, la presión parece ser aún mayor. Y nuevamente volvemos al estatus social, porque si no eres bella naturalmente -de esas mujeres que se levantan por la mañana y se ven magnificas con solo lavarse la cara- puedes alcanzar tu potencial de belleza pagando, si tienes dinero puedes eliminar casi cualquier imperfección, una nariz muy grande, una mancha de nacimiento, el exceso de bello, etc. Puedes ser todo lo bella que quieras si lo puedes pagar, entonces el permanecer fea es también un signo de falta de medios, pareciendo que nunca es simplemente una opción, no existe la elección de no tener ganas de ser bella, o de no tener ganas de invertir tiempo, dinero y energía en belleza. El modelo de mujer moderna parece que en vez de haber liberado a las mujeres de esta obligación, simplemente ha sumado más obligaciones y expectativas sobre la idea de la feminidad, con la consecuencia de agregar presión sobre lo que deberíamos ser y elementos para frustrarnos por no alcanzar esos parámetros. Detrás de lo que parece ser un objeto irreductible: “la belleza femenina”, hay algo más que  la simple idea de mujer como objeto del deseo masculino, hay algo de normatividad pedagógica, un dogma legitimado que debemos respetar, y que nos señala de forma despótica cuál es la manera correcta de ser mujer y cuáles son nuestros roles en la sociedad patriarcal. De esta forma, las mujeres internalizamos normas y comportamientos que refuerzan ideas de debilidad, de nuestro carácter decorativo, de  la obligación de poseer una “belleza interna” que debe reflejarse en nuestro exterior, de nuestra necesidad de agradar a los otros, etc.  Como bien señalan Lori BakerpSperry y Liz Graueholz[1], las construcciones discursivas como “la belleza femenina” o “la niña bonita” operan como restricciones normativas, limitando la libertad personal de las mujeres y son la base para mantener reprimido el potencial de control y fuerza sobre el mundo que poseen. No me parece tan disparatado, porque es claro que elementos como el maquillaje, los tacones, la ropa ceñida, la preocupación por la delgadez, un buen peinado y otras tantas marcas de la mal llamada belleza femenina, no son compatibles con una vida activa, con el ejercicio físico o la desenvoltura, o tan siquiera con una actitud relajada, porque son elementos que constriñen. Asimismo, como antes comento, la demanda por cumplir con las expectativas del aspecto femenino agradable y cuidado nos quita tiempo y recursos para desarrollar otros atributos más permanentes y gratificantes, para construirnos a nosotras desde otros espacios y sentirnos valiosas, deseables y necesarias por características más amplias y diversas. Susan Sontag dice en una de sus famosas citas, “No está mal ser bella, lo malo es la obligación de serlo”, porque la belleza no es algo malo en sí mismo, lo bello es agradable, es algo de lo que nos gusta rodearnos, lo malo es que se nos imponga y sobre todo que nos lo autoimpongamos, al punto de transformarse en un problema y una paranoia constante, un elemento generador de ansiedad y malestar, eclipsando otras miles de opciones posibles para sentirnos bien con nosotras mismas, para construir nuestra autoestima y para auto-determinarnos.

sontag2

Al hilo de esta reflexión, no parece tan raro que muchas mujeres que lograron resaltar por sus talentos a lo largo de la historia, también se rebelasen  de una u otra forma contra aspectos tradicionales de la belleza femenina, o tuviesen una lucha interna con esa otredad enemiga en que se convierte el cuerpo cuando no es bello o sano. Hay quienes incluso fueron más allá, hasta el punto de completamente negar su feminidad, vistiéndose y actuando como hombres. ¿Será entonces que en el proceso de aceptarse fea, ironizar con ello, o revelarse contra la belleza establecida, es posible alcanzar un narcisismo positivo, en el cual podamos decir: quién necesita ser bella cuando soy tan talentosa, tan lista, tan creativa, tan audaz, tan trabajadora, tan luchadora, etc.?

La belleza es un atributo relativo, la belleza es un concepto antojadizo, las modas lo demuestran, lo que antes era bello ya no lo es y viceversa, lo que para algunos es bello para otros no. Así pues, quizás no es necesario  desquitarnos con la belleza, sino simplemente despreciar la belleza estereotípica, y la condena de buscarla eternamente, que es, de hecho, una búsqueda perdida de antemano, puesto que la edad va alejándonos cada día de ese ideal de belleza femenina que es también un culto a  juventud imposible de retener,  que hace de las mujeres no sólo  objetos, sino también objetos condenados a una caducidad temprana. Así que “gracias a dios que soy fea” y tuve  que aprender desde pequeña que eso no era lo mío, que no había vuelta, que mejor era intentar otra cosa…

POR: ROCÍO CANO

El título del post “Gracias a dios que soy fea” es parte de la letra de Violeta Parra: http://www.cancioneros.com/nc/13088/0/decimas-68-yo-denuncio-a-los-radiales-o-esto-no-es-mucho-yo-creo-violeta-parra

[1] Baker-Sperry, Lori, and Liz Grauerholz. “The Pervasiveness and Persistence of the Feminine Beauty Ideal in Children’s Fairy Tales”. Gender and Society 17.5 (2003): 711–726.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s