¿Qué es el chick-lit? Una crítica desde la perspectiva de género

¿Qué es el chick lit?

¿Quién no ha oído hablar de Bridget Jones, Ally Mcbeal o las chicas de Sexo en Nueva York? Estas ficciones, que han aparecido bajo la forma de libros, series o películas, pertenecen a lo que la novelista Cris Mazza bautizó como chick-lit a mediados de los noventa.

Como nos plantea Sandra Ponzanesi (2014), el chick lit es un género literario que aparece hace ya un par de décadas y que por lo general narra las aventuras y desventuras de mujeres blancas, de clase media y cercanas a los treinta, sumergiéndonos en su lucha para lograr el éxito en proyectos profesionales y relaciones amorosas o de amistad. Lejos de grandes pretensiones o de proclamarse como un nuevo género en la escritura de mujeres, el chick-lit pone el énfasis en la identificación entre lector@s y personajes, por lo que utiliza recursos como la autobiografía, la escritura en primera persona y contenidos basados en conversaciones, confesiones, emails y otros elementos de la vida cotidiana (Ponzanesi 2014: 157).

chick lit

El mercado literario, consciente del potencial económico de estas narrativas, ha apostado por la creación de un producto dirigido a mujeres y cuyo diseño resulta atractivo y fácilmente identificable: cubiertas rosas, brillantes y decoradas con objetos que definen las aspiraciones y el estilo de vida de muchas de las protagonistas, las mismas que retratadas entre cocktails, pintalabios y tacones, van desfilando entre sus páginas. Varias de estas obras han sido enormemente populares, copando las listas de libros más vendidos y contribuyendo a definir el chick-lit como un producto altamente rentable y disponible tanto en formatos tradicionales, como en los nuevos libros electrónicos, o incluso en adaptaciones llevadas hasta la pequeña y gran pantalla.

¿Es el chick-lit un género “basura”?

¿Qué podemos esperar del chick-lit? ¿Deberíamos asumir los contenidos de una crítica que lo acusa de ser una escritura banal, superficial y estereotipada?

La escasa calidad de este género y los repetitivos y absurdos clichés que inundan sus relatos, constituyen una de las críticas más recurrentes entre quienes no ven con muy buenos ojos esta literatura “para chicas”. Mary Ryan (2010), guiada por su sospecha hacia el uso sistemático de este tipo de argumentos, analiza con mayor profundidad el origen de este rechazo, que en su opinión, podría deberse no sólo a una cuestión de contenido, sino a que el chick-lit está salpicado por la cultura popular y la escritura de mujeres, dos dimensiones que nunca han sido bien recibidas por el canon y la crítica literaria. En este sentido, al margen de la calidad que puedan tener estas obras, Ryan alerta de que la crítica, que por supuesto es predominantemente masculina, usa el término chick-lit de manera generalizada, imprecisa y cargándolo de connotaciones negativas, lo cual refuerza la idea de que las obras escritas por mujeres componen un subgénero de menor interés y restringido a realidades limitadas y poco estimulantes para el público.

El punto de vista que defiende Mary Ryan es interesante para cuestionar discursos mayoritarios y reconocer paralelismos con otros momentos históricos en los que se imponen cortapisas a las creaciones artísticas de las mujeres. Además, es muy útil para tener claro que es posible que algunas escritoras estén quedando encasilladas en un género ampliamente rechazado y no se les reconozcan otros méritos. Sin embargo, existen al menos tres grandes críticas que podríamos lanzar sobre el chick-lit si lo analizamos desde una perspectiva de género: sus efectos perversos sobre la autopercepción y la autoestima de muchas de sus lectoras, el mensaje misógino y consumista que se plasma en varios de sus títulos, o su falta de reflexión sobre problemáticas que no afecten a mujeres blancas, jóvenes y de clase media-alta.

 

Las chicas (blancas, jóvenes, urbanas y acomodadas) del chick-lit

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Reparto de la serie Girls

Series como Girls, Sexo en Nueva York o Mujeres Desesperadas retratan vidas que, salvo por una ligera diferencia de edad entre las protagonistas, nos hablan de mujeres que tienen mucho en común. Todas ellas son occidentales, viven en grandes ciudades como Nueva York y tienen algún tipo de trabajo glamuroso, como publicistas, responsables en galerías de arte o abogadas en algún importante bufete.

Parece no haber sitio para mujeres con situaciones más mundanas, y ni mucho menos para elaborar algún tipo de crítica o juicio sobre los privilegios de las protagonistas. De hecho, como muy bien señala Elizabeth Merrick (Ryan 2010:72), estos contenidos están exentos de reflexiones sobre las ventajas de ser blanca o de pertenecer a clases medias y altas.

Recientemente ha surgido un subgénero que empieza a llamarse “chick-lit étnico”, pero que lejos de querer fomentar un debate sobre estas cuestiones, parece que más bien responde a estrategias de marketing que buscan ampliar el espectro de consumidoras (Ponzanesi 2014: 156).

¿Este libro me hace parecer gorda?

bridget jones 2

Imagen de la película El diario de Bridget Jones

Este es el título del artículo en el que Melissa Kaminski y Robert Magee (2013) presentan los resultados de un estudio en el que analizaron las posibles efectos que podría tener para el público del chick-lit la identificación con protagonistas que, como en el caso de la famosa Bridget Jones, son el ejemplo de escasa autoestima y excesiva preocupación por el peso y el aspecto físico.

Tras utilizar diferentes narrativas en una muestra de algo más de 150 mujeres, concluyeron que este tipo de novelas incide de diferentes formas en la percepción que las lectoras tienen sobre su atractivo sexual y su autoestima, fomentando además el ideal de delgadez y la obsesión por la imagen.

¿Empoderamiento o simple consumismo?

Joshunda Sanders y Diana Barnes-Brown (2010) plantean una reflexión muy interesante sobre cómo algunas ficciones, concretamente la que aparece en Eat, Pray, Love de Elizabeth Gilbert, están fijando ciertas ideas sobre el modelo de mujer contemporánea y su proceso para alcanzar el éxito y la autonomía en un camino de frustraciones repleto de desengaños amorosos.

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Imagen de la película Eat, Pray, Love

La autora de Eat, Pray, Love nos presenta una crónica sobre espiritualidad y autoconocimiento basada en su propia experiencia al viajar a Italia, India e Indonesia. El éxito del libro hizo que su historia se proyectara en las grandes pantallas, mostrándonos una Julia Roberts que trata de reordenar sus emociones deleitándose con los placeres de Roma y Nápoles o la meditación en un ashram indio, para finalmente, redescubrir el amor en Indonesia.

Según Sanders y Barnes-Brown, Eat, Pray, Love es interesante, no precisamente por ser el primer libro chick-lit, sino más bien porque supone un punto de inflexión que implica sustituir el “chick” por el “priv”. En otras palabras, la propuesta de viajar por el mundo comiendo, amando y rezando hasta que nuestras frustraciones desaparezcan, supone una solución que, me atrevería a decir, está al alcance de muy pocas mujeres. En este sentido, el priv-lit transmite un mensaje cuyo objetivo parece ser el de mostrarnos una meta espiritual aparentemente alcanzable mediante la tenacidad, el esfuerzo y la perseverancia, cuando en realidad, el único obstáculo para llegar hasta el modelo de felicidad propuesto es de tipo económico. Los actos de consumo en los que constantemente se ven envueltas sus protagonistas, son estrictamente necesarios para lograr sus objetivos y se hallan justificados desde el momento en cual se realizan para satisfacer necesidades legítimas de aceptación y amor hacia nosotras mismas.

En este sentido, como también afirman Sanders y Barnes-Brown, parece claro que vivimos en un mundo “post-feminista”, o lo que es lo mismo, donde se confunde el “empoderamiento” de las mujeres con su “poder” para gastar dinero. Esta idea, reforzada por un marketing agresivo y la elevación del consumo a un acto que se reviste de placer y poder, da por sentado que las reivindicaciones por las que el feminismo lucha desde hace siglos, han quedado ampliamente superadas, dando paso a estas mujeres liberadas, viajeras y luchadoras.

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Imagen de la película Eat, Pray, Love

Y nada más lejos de la realidad. Insistiendo una vez más en la propuesta de Sanders y Barnes-Brown, el caso concreto de Eat, Pray, Love, aunque de una forma que quizás resulte muy sutil para algunas personas, perpetúa asunciones negativas sobre las mujeres, pues la propia ficción opera infantilizando a su protagonista y menoscaba su capacidad para dirigir sus proyectos vitales y tomar decisiones. Un buen ejemplo es esa frágil y desconcertada Julia Roberts, tan necesitada de un guía espiritual, sin el cual parece sentirse sola y perdida. Lo paradójico es que ese guía resulta ser una persona extraña y lejana, que aunque no conoce absolutamente nada sobre su especificidad sentimental, espiritual o emocional, es vital para llegar a la iluminación y al camino correcto.

No obstante, el mensaje que quizá pueda ser más problemático y cercano a un pensamiento abiertamente misógino, pasa por la representación de estas mujeres como personas intrínsecamente defectuosas, recalcando su necesidad constante de mejorar sus cuerpos, su aspecto físico, sus relaciones y sus vidas. Bajo el olor del incienso, las velas y ese aire de misticismo que se respira en la historia que arrastra a Julia Roberts a meditar hasta la India, el chick-lit logra enmascarar y promover la cultura de consumo y modelos femeninos tradicionales, a mi juicio muy peligrosos y difíciles de combatir. Estas narrativas, en lugar de ofrecer un modelo aspiracional realista y compuesto por metas progresivas, juegan de una manera totalmente perversa con soluciones y proyectos ambientados en escenarios complicados, elitistas y por tanto, inaccesibles para una grandísima parte de las mujeres que consumen este producto.

Por todo ello, es fundamental analizar de manera crítica los contenidos que nos presenta el chick-lit y los modelos de mujer que está creando, siendo conscientes de la ansiedad que tales modelos pueden perpetrar entre el público. En mi opinión, y a diferencia de lo que parecen pensar Julia, Sarah Jessica y compañía, algo tan simple como esto, sería un primer paso para, además de promover un consumo más libre y responsable, fortalecer nuestra autoestima y la convicción de que todas nosotras podemos gestionar nuestras vidas basándonos en modelos más realistas y accesibles.

POR: PAULA PÉREZ SANZ

FUENTES

Kaminski, Melisa y Magee, Robert (2013). “Does this book make me look fat? The effect of protagonist body weight and body esteem on female readers’ body esteem”. Body Image 10: 255-258.

Ponzanesi, Sandra (2014). The Postcolonial Cultural Industry. Ciudad: Palgrave MacMillan.

Ryan, Mary (2010). “Trivial or Commendable? : Women’s Writing, Popular Culture, and Chick Lit”. Disponible en: http://www.452f.com/index.php/en/maryryan.html

Sanders, Joshunda y Barnes-Brown, Diana (2010). “Eat, Pray, Spend”.

Disponible en: http://bitchmagazine.org/article/eat-pray-spend

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Un comentario en “¿Qué es el chick-lit? Una crítica desde la perspectiva de género

  1. Muy interesante. Tengo un par de reflexiones sobre esto.

    La primera: quizá englobar todas estos productos (que es lo que son en gran medida) bajo una misma etiqueta sea peligroso. Por ejemplo, Girls es consciente del debate sobre el privilegio (y así lo plantean, si no recuerdo mal, en uno de los primeros episodios de la última temporada), mientras que otros ejemplos de chick/priv-lit aquí mencionados quizá no lo sean. Además, al marcar todo como lo mismo, lo añadimos a la preocupante tendencia cada vez mayor a crear productos “para mujeres” . Y es que hay una tendencia a considerar que la aparición de un personaje protagonista femenino hace que el público objetivo de esa ficción sea el femenino, algo que se potencia en algunas de estas obras y que se busca por parte de quienes se benefician económicamente de ello (editoriales, productoras y televisiones).

    La segunda: la reflexión sobre el privilegio es extensible a buena parte de la ficción televisiva actual tanto en comedia como en drama. Buena parte de las comedias tienen por protagonistas a blancos acomodados (Friends es un claro ejemplo de esto). Cuando no se trata de blancos, es habitual que formen parte de algún tipo de élite, normalmente económica (como en Black-ish). Incluso ficciones menos sospechosas de este tipo de situaciones, como Orange is the New Black, están narradas desde el punto de vista de una mujer blanca adinerada (y probablemente la historia narrada solo se conozca precisamente porque es una mujer blanca y otra reclusa la que la cuenta, quizá nunca se habría publicado de otro modo).

    Con todo esto, incluso las ficciones narradas desde el privilegio permite hacer lecturas interesantes y que sean socialmente positivas porque acerquen a un público privilegiado, a través de la ficción, una situación real. Así ocurriría en esa reflexión sobre el privilegio que he dicho en Girls o el tratamiento que se hace de ello en otras comedias. Por ejemplo, en la temporada más reciente de New Girl se introduce la situación de la población negra en EE.UU. y de su constante presunción de culpabilidad en su relación con la policía. También son bastante buenas las aproximaciones que, desde el humor, se hace de la situación de muchas de las minorías en 30 Rock. También ocurre en Black-ish, donde los protagonistas son una familia negra rica y se explotan muchos de los estereotipos y prejuicios sobre la raza en EE.UU. O la propia OITNB, que a través de la mirada de esa mujer blanca adinerada se presentan otras realidades sociales y otros tipos de mujer. Que los protagonistas, por tanto, sean privilegiados de algún modo no implica necesariamente que perpetúen activamente el status quo, como es posible que ocurra en Eat, Pray, Love (no he visto la película ni leído el libro). Todo esto no quita para que sean deseables otras realidades en la ficción que no sean la del WASP americano y los grupos asimilados ellos por posición económica o por pertenecer a algún tipo de élite.

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