La soledad necesaria

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En el último post de La Trama lanzamos una convocatoria invitándonos a reflexionar sobre el tema de la soledad. En línea con este propósito, nos ha parecido interesante rescatar algunas de las reflexiones que Marcela Lagarde hace en torno a la soledad y su conexión con los imperativos de género y la construcción de la autonomía.

En su intervención La soledad y la desolación (2000) Lagarde defiende la soledad como “un recurso metodológico imprescindible para construir la autonomía”(p.2). Sin experimentar la soledad difícilmente podemos dotarnos del espacio y tiempo suficientes para cuestionar y reflexionar sobre aspectos esenciales de nuestra existencia. Tal como la autora enfatiza, la soledad nos permite salir del diálogo con los demás, y por lo tanto, de las respuestas automáticas y adecuadas a lo que se espera de nosotras. Nos permite dudar, desdecirnos y conectar aspectos aparentemente alejados para crear nuevos puntos de vista (p.2). Nos permite enfrentar pensamientos y sentimientos que muchas veces tergiversamos al contarlos a los demás, o cuyo ruido evitamos con una conversación cualquiera.

No obstante, esto requiere de una cierta preparación, especialmente en el caso de muchas mujeres, pues tal como indica Lagarde, la soledad se ha concebido como una de las mayores desgracias que pueden ocurrirnos, entrenándonos desde pequeñas para estar siempre rodeadas de otras personas y en continua comunicación, a fantasear con estar acompañadas cuando no lo estamos, y a experimentar la alegría y el placer sólo en compañía (p.1). De esta forma muchas veces empleamos nuestros momentos de soledad imaginando que estamos con alguien, creando diálogos ficticios en nuestra cabeza, o rememorando nostálgicamente relaciones pasadas. Es decir, evitando estar solas.

Dentro del imaginario heterosexual y la cultura romántica en la que vivimos, además se tiende a confundir la soledad con ausencia de hombres. De ahí que, tal como ejemplifica Lagarde, aunque las mujeres vayan en grupo, se escuchen expresiones del tipo “¿por qué tan solitas muchachas?” (p.1) “¿A dónde van tan solitas?” y se hayan creado arquetipos negativos como “la solterona”, “la vieja de los gatos”, que nos hacen temer aún más la soledad.

Por ello, Marcela Lagarde propone diferenciar entre la soledad, momento de construcción de la autonomía y experimentación del yo, y la desolación, sentimiento negativo de soledad asociado a la dependencia afectiva. Según la autora, la desolación puede equipararse a “sentir una pérdida irreparable” (p.1), un sentimiento doloroso que sólo puede sanar con la presencia inmediata de alguien o la esperanza de encontrar a otra persona que nos quite ese sentimiento.

En palabras de Marcela Lagarde: “No hay autonomía sin revolucionar la manera de pensar y el contenido de los pensamientos. Si nos quedamos solas únicamente para pensar en otros, haremos lo que sabemos hacer muy bien: evocar, rememorar, entrar en estados de nostalgia” (p.2), pero no contribuir a nuestra autonomía. De nosotras depende elegir: la soledad o la desolación.

vivian mayer- Self-portrait, 1953Vivian Mayer, Self-portrait, 1953.

Fuente:

Lagarde, Marcela “La soledad y la desolación” en Claves feministas para el poderío y la autonomía de las mujeres, Instituto Andaluz de la mujer, Málaga, marzo 2000 y facilitado en esta ocasión por RIMAWEB. Disponible en: http://e-mujeres.net/sites/default/files/la_soledad_y_la_desolacion.pdf

POR: SILVIA BELLÓN.

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