¿Por qué hablar hoy en día de la ética del cuidado?

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“El cuidado como deber de género es uno de los mayores obstáculos en el camino a la igualdad por su inequidad. De ahí que, si queremos enfrentar el capitalismo salvaje y su patriarcalismo global, debemos romper con la naturalidad del cuidado por género, etnia, clase, nación o posición relativa en la globalización”

Bajo esta cita tan concisa y significativa de Marcela Lagarde, inicio este post como una forma de justificar la relevancia que tiene abordar el tema de los cuidados para la causa del feminismo. Las disyuntivas sociales y personales que los cuidados generan en las sociedades occidentales actuales, son aspectos capitales que cada vez cobran mayor protagonismo en los debates políticos que el feminismo debe encarar.

A pesar de los avances en materia de igualdad que han supuesto, entre otros, el acceso al trabajo remunerado por parte de las mujeres, no se ha producido un proceso emancipador paralelo en el caso del mundo de los cuidados. El llamado trabajo reproductivo, básico para la sostenibilidad de la vida humana, sigue siendo la responsabilidad invisibilizada, “naturalizada”, de las mujeres. La corresponsabilidad en aspectos tan básicos para el funcionamiento diario del mundo como son la alimentación de las familias, la higiene, el afecto o los procesos de enfermedad, entre otros, sigue siendo la asignatura pendiente en las relaciones de género. Un problema global fruto de la persistencia de un sistema de roles de género, donde la polarización y jerarquización entre lo público y privado, lo masculino y lo femenino, sigue minusvalorando e invisibilizando la esfera del cuidado.

De esta forma, se impide reconocer la importante y urgente necesidad de socializar en igualdad los cuidados, si lo que verdaderamente buscamos es la consecución de sociedades más justas y equitativas, donde las mujeres no vivan la eterna escisión, de la que habla Marcela Lagarde, entre el cuidar y el desarrollarse. Y, asimismo, todas las personas puedan experimentar el hecho de cuidar y ser cuidadas con naturalidad y asumiendo la interdependencia como parte intrínseca del hecho de vivir.

Si atendemos al contexto socioeconómico del capitalismo y la globalización, todo ello se vuelve más complejo y difuso. Los cuidados se siguen percibiendo desde los estados como aspectos no monetarizables y, por tanto, no económicos y no importantes. A la vez, paradójicamente, se está asistiendo a una externalización de los cuidados, monetarizándolos sin asumirlo, dibujándose como una alternativa para muchas mujeres del “primer mundo” que buscan una salida a la doble jornada, según denuncia la economista Amaya Pérez Orozco. El trabajo de cuidados, de esta forma, es traspasado a otra mujer de clase social inferior, en muchas ocasiones de otro país, sin que exista ningún cambio en los roles de género, a la vez que la interseccionalidad de las desigualdades (de género, clase y etnia) se multiplica en un contexto de globalización capitalista, sin ofrecer tampoco soluciones a la dimensión afectiva de los cuidados.

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Como una crítica a este problema fundamentado en un sistema ético que ignora la dimensión afectiva y dependiente de los seres humanos surge en los años ochenta en el contexto estadounidense la llamada ética del cuidado. Ésta, contraponiéndose a principios éticos abstractos y de sesgo androcéntrico, fue inicialmente difundida por Sara Ruddick, Carol Gilligan, y Nel Noddings.

Carol Pateman, en 1988 en su obra El contrato sexual, ya denunció que los principios que rigen las relaciones de la ciudadanía actual se basan en las ideas desprendidas de los mitos del contrato social, firmado por hipotéticos individuos autónomos, que pueden erguirse como tales gracias a la ocultación del trabajo reproductor de las mujeres. Como ejemplos de esta afirmación, vemos que en la teoría de Hobbes los hombres aparecen como setas en el mundo (borrando de un brochazo el papel de la madre y el cuidado en la configuración del futuro ciudadano), mientras para Rousseau, las mujeres aparecerán en el mundo del bon sauvage como ocasionales parejas de apareamiento del noble salvaje, siendo además vistas como incapaces de ofrecer un juicio moral sólido por tender únicamente a valorar lo bello. Una muestra de cómo los mitos fundacionales de regulación de las relaciones de ciudadanía eliminan la experiencia de las mujeres y entienden al ser humano, aunque deberíamos decir al hombre, como un ser independiente y autónomo que sólo coopera con el otro para poder sobrevivir o salvaguardar su libertad.

En contraposición, la ética del cuidado, atendiendo a la experiencia moral de las mujeres y el acerbo moral asociado a su tradicional rol de cuidadoras, partirá de una premisa distinta. Las mujeres, excluidas de la ciudadanía y abocadas a los trabajos del cuidado, desarrollarán, según las principales autoras de la ética del cuidado, una percepción moral diferente que no coincide con la llamada ética de la justicia. Tal como Nel Noddings argumenta, la tradicional experiencia de las mujeres muestra a lo humano como un ser esencialmente vulnerable, que desde su primera experiencia en el mundo necesita el cuidado y el afecto de las demás personas. Es un ideal ético que se construye a partir de las vivencias de las relaciones personales, y por lo tanto, su fundamento es la experiencia concreta y no los ideales abstractos y prescriptivos. A su vez, los parámetros por los que se rige el ideal ético, tienen que ver con el valor sentimental de la experiencia, más que con un ideal racional que teoriza sobre los intercambios entre individuos.

A modo de resumen, vemos cómo desde la ética del cuidado la esfera tradicionalmente asociada a lo femenino, a lo privado y al mundo afectivo, es revalorizada. A la vez, los actos de cuidado dejan de situarse en el último escalafón en la jerarquía de prioridades, para ser objetos del debate, dinamitando los límites de los público/privado, masculino/femenino, universal/concreto, remunerado/no remunerado, racional/sentimental, etc.  En palabras de Amaya Pérez Orozco “el carácter transversal de los cuidados – cuestiona los límites conceptuales y metodológicos en los que acostumbramos a movernos” (Pérez 2006:16), favoreciendo la desnaturalización de los roles de género y las relaciones de equidad.

Esta propuesta, sobra decir, intentará difundir la práctica del cuidado a través de la educación, puesto que según esta argumentación, quien recibe cariño y respeto estará más predispuesto a dar cariño y respeto, encontrando felicidad en ello y consecuentemente ampliando el ideal ético para la práctica moral de su día a día.

Para ello, es necesario revisar los conocimientos y habilidades privilegiados en las escuelas, y cuestionar en cada caso qué tipo de conocimientos y en qué proporción van a beneficiar al/la estudiante concreto/a, si van a permitirle desarrollarse como persona capaz de practicar el (auto)cuidado y llevar a cabo ocupaciones que le generen felicidad, o no. La ética del cuidado ve en el desarrollo de ésta la base para un desarrollo holístico de la persona y el ejercicio de la ciudadanía vivida.

POR: SILVIA BELLÓN.

Fuentes:

GILLIGAN, Carol (1985) La moral y la teoría. Psicología del desarrollo femenino. Fondo de Cultura Económica. México.

LAGARDE, Marcela (2003) “Mujeres cuidadoras: entre la obligación y la satisfacción” en SARE “Cuidar Cuesta: costes y beneficios del cuidado”, Emakunde.

NODDINGS, Nel (2009), La educación moral : propuesta alternativa para la educación del carácter, Amorrortu, Buenos Aires.

PATEMAN, Carole (1988): El contrato sexual, Anthropos, Universidad Autónoma Metropolitana Iztapalapa Barcelona, México.

PÉREZ OROZCO, Amaia (2006) “Amenaza tormenta: La crisis de los cuidados y la reorganización del sistema económico” en Revista de Economía Crítica, nº 5. Marzo de 2006, pp 7-37.

VÁZQUEZ VERDERA, Victoria (2009). La educación y la ética del cuidado en el pensamiento de Nel Noddings. Departament de Teoría de l’Educació. Universitat de València, Servei de Publicacions, València.

 

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